Por José Antonio MarinaVia
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Según una reciente encuesta, l
os jóvenes españoles quieren ser funcionarios, es decir,
sienten un miedo notable a competir y a emprender. Por esa razón, tardan tanto en independizarse. Muchos de ellos se han instalado en una ‘impotencia confortable’. La universidad española —que por algo es funcionarial— fomenta la pasividad y disuade de emprender. Se enroca en una pedagogía del aprendizaje, que es receptiva, y no fomenta una ‘pedagogía de la acción’. Según la encuesta que menciono, disminuye la preferencia por un trabajo que suponga un reto o que implique un cambio en las tareas. Se valora sobre todo la seguridad.
Cada vez hay menos interés emprendedor para montar una empresa o un negocio: ‘El ideal es ser funcionario. Es decir, el deseo de todos los padres —que su hijo tenga un puesto vitalicio— se ha convertido en deseo de los hijos también. El problema es tan serio que, siguiendo los acuerdos de la Cumbre de Lisboa, los países europeos van a incluir en sus planes de estudio, y a todos los niveles, una educación que fomente las iniciativas personales.
En comparación con EE.UU. donde existe una cultura del riesgo y la innovación, vivimos en una sociedad mentalmente envejecida, que se refugia en la rutina o en la protección del Estado. En la actualidad hay tres millones de funcionarios en España, es decir, un 20% de la fuerza laboral cobra del Estado, lo que supone un gran freno para nuestra economía. Este asunto me interesa por muchas razones. Acabo de publicar Anatomia del miedo, un libro en el que estudio las diferentes maneras en que el temor altera nuestros comportamientos. Hay un miedo a la novedad, al cambio, a la competencia, a no saber si se será capaz de enfrentarse a un reto, un terror a fracasar, que empequeñece la vida de muchas personas. ¿De dónde viene este miedo? En gran parte procede de algunas creencias que tenemos sin darnos cuenta, y que determinan nuestro modo de sentir.
Nuestras actitudes y nuestros sentimientos dependen en gran parte de esas creencias que mantenemos sin darnos cuenta. Una de ellas es la idea que tenemos acerca de nuestra capacidad para enfrentarnos con los problemas. Dense cuenta que no me estoy refiriendo a la capacidad real —cosa muy difícil de averiguar— sino a la idea que tenemos de esa capacidad. En muchas ocasiones, se da el fenómeno que los psicólogos llaman las profecías que se cumplen por el hecho de decirlas. Si una persona está segura de que no va a ser capaz de hacer algo, acabará siendo incapaz. Por eso es importante cambiar este tipo de creencias, y sustituirlas por la convicción de la propia eficacia.
Otra creencia básica tiene que ver con la capacidad de influir en el futuro. Unas personas piensan que la causa de todo lo que les ocurre está fuera de ellos, en la circunstancia, o en el ambiente. En cambio, otras se sienten responsables de su acción y autores de su propia vida. Los primeros tienden a echar la culpa a los demás de todo lo que les sucede, creen en el destino mientras que los segundos saben que son responsables de sus acciones, y que pueden introducir cambios en la realidad.
Hay una tercera creencia que influye en nosotros de forma muy sutil. En cada momento histórico e incluso en cada situación social las personas tienen una idea de la molestia que se considera soportable. Hoy podríamos decir, épocas resistentes y épocas blandas. Muchos de nuestros jóvenes están intoxicados de comodidad, lo que les hace extremadamente vulnerables a cualquier esfuerzo. Los libros americanos de psicología insisten mucho en dos características de la personalidad: lo que llaman resilience y thoughnes. Son la capacidad de resistir y recuperarse de los fracasos, y una cierta dureza para aguantar los esfuerzos. El aguante, el ánimo, la perseverancia. Todas ellas son grandes virtudes creadoras.
En el libro citado hablo de la valentía como gran exclusiva humana. No consiste en no tener miedo, sino en actuar a pesar del miedo que se siente. Doy una definición de la valentía que cuadra muy bien con el tema de este artículo. Valiente es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad de camino. Actúa, pues a pesar de la dificultad. En esta definición recupero el uso originario de la palabra emprender. Aunque ahora lo referimos siempre al terreno económico, el término significaba iniciar algo valioso y difícil. En ese sentido, todos somos empresarios de nuestra vida. La libertad es la capacidad de emprender. Y como el miedo a la libertad es tan frecuente, esa capacidad se convierte en una demostración de valentía.