Una de las cuestiones que nos sugiere la conceptualización de la innovación es su relación con el concepto de calidad. Más si tenemos en cuenta que la implantación de los procesos de calidad constituyen una de las referencias más importantes para entender el concepto de excelencia aplicado a las organizaciones empresariales y sociales.
La búsqueda de la calidad, asociando ésta a la excelencia, es un elemento cultural que orienta el día a día de nuestras organizaciones. Hay todo un entramado certificador que pone en el centro de todo la búsqueda de la calidad. Es evidente que a esto no es ajeno, ni mucho menos, el estadio de desarrollo de nuestro modelo de competitividad que ha pasado de sustentar la ventaja competitiva que antes se hacía sobre la base de unos costes laborales bajos a hacerse ahora sobre la base de la calidad de nuestros productos.
Esta apuesta por la calidad para competir supone una manera de buscar la excelencia que se agota en sí misma y que, siendo necesaria, a la larga no resulta suficiente. Como nos dice James M. Utterback: “al verse ante una nueva amenaza competitiva – una innovación discontinua, algo que rompe el statu quo- la tendencia, en la mayoría de las organizaciones, es hacer realmente bien aquello que siempre han hecho. Lamentablemente, si bien esto puede ser una solución temporal, a la larga resulta un callejón sin salida”. Pues bien, la amenaza competitiva se encuentra no ya delante de nosotros, sino entre nosotros. La globalización de la economía, la gran rapidez en el intercambio de información y el fuerte desarrollo tecnológico definen un escenario en el que necesitamos pasar de administrar cosas a gobernar el caos.
La administración de las cosas es una tendencia generalizada de los comportamientos de las organizaciones que ha inspirado la búsqueda de la excelencia a través de la calidad. Lo que algunos llamarían, en un exceso de celo, la calidad total. Pero eso, que pudo servir en el pasado, ya no es suficiente en el presente y menos en el futuro. Es necesario, pero no suficiente. La excelencia, o mejor la búsqueda permanente de la excelencia, debe transitar por nuevos caminos, los que le llevan de la calidad a la innovación.
Ya no basta con hacer las cosas bien, ¡hasta ahí podríamos llegar!, además hay que saber hacer cosas diferentes. Aquí es donde la innovación aparece como un nuevo protagonista que amenaza con ponerlo todo patas arriba y se puede percibir incluso como un enemigo de los procesos de calidad. Nos dice que no vale con administrar cosas, que hay que aspirar a gobernar el caos.
Que duda cabe que la irrupción de la innovación como nueva fuerza parece llevarse por delante todo, incluso la apuesta por la calidad. Esto puede percibirse así porque los elementos culturales sobre los que se basa la calidad aparecen como contradictorios con los que propugna la innovación.
Donde la calidad nos presenta el camino a seguir, el mejor camino sin discusión, la innovación nos dice que no hay un camino, que hay muchos caminos, todos diferentes y todos llenos de oportunidades. Donde la calidad nos atrae con un mundo perfecto, con ese puzzle con un único final, la innovación nos dice que la perfección es una desgracia y que el mundo camina de la mano de lo imperfecto, pues esto nos descubre mundos nuevos y desafíos ilusionantes. Donde la calidad nos cierra el mundo de las soluciones a una sola respuesta –el puzzle que finalmente completas- la innovación nos enfrenta a un universo de oportunidades –el juego del lego que admite volar la creatividad y componer nuevas realidades-. Donde la calidad nos ofrece certidumbre, con dificultades pero certidumbre al fin y al cabo, la innovación nos ofrece incertidumbres y nos provoca la aparición de miedos ante lo desconocido. Donde la calidad ofrece orden, perfección y ausencia de cambio –lo que pone en valor el atractivo de la simetría- la innovación parece amenazar con caos, movimiento y dominio de lo imprevisible –lo que pone en valor el potencial de la asimetría-.
Esta situación de contradicción entre perfección e imperfección, entre simetría y asimetría no es nueva, está en la historia, en el presente y en el futuro.
La perfección, la calidad, seducen con un mundo conocido, sin sobresaltos, no exento de esfuerzo pero determinado. La innovación asusta con lo desconocido, con la incertidumbre y amenaza con nuestros propios miedos. Este choque de culturas, que conforman una confrontación evidente, necesita evolucionar de la contradicción a la cooperación.
Calidad e innovación, lejos de estar enfrentadas, se necesitan mutuamente. La excelencia que deviene en competitividad necesita de la calidad –hacer las cosas bien– y de la innovación –hacer cosas diferentes-. La búsqueda de la perfección como anhelo debe convivir con la percepción de la imperfección como universo de oportunidades.
El día que creamos que lo sabemos todo, un ídolo construido sobre una calidad mal entendida, estaremos muertos para la aventura de la vida pues la perfección no existe. Existe la vida en la medida en que hay cambio y evolución, en definitiva, innovación.
Calidad e innovación, de la mano para crecer, para crear y progresar. Calidad e innovación que pareciendo confrontar avanzan en cooperación en busca de la excelencia.
José Luis Larrea
Presidente de Ibermática
Noviembre 2007
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