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Acabo de leer en Infonomia un artículo de Ricardo Antón y que os reproduzco aquí (sobre todo para los que todavía no os habéis dado de alta en infonomia...). Me ha parecido muy interesante pero sobre todo me gusta la provocación que resulta para aquellos que durante años han dicho 'tú no pienses, haz'. Ricardo lanza una serie de preguntas que servirían para abrir un wikidebate. Os sugiero que echéis un vistazo a su página web y a los enlaces que en el propio artículo señala él. Ah! ¿Conoceis la revista ESETÉ? Pues AMASTÉ, la empresa de la que Ricardo es codirector es su alma mater...
AMASTÉ es una oficina de ideas especializada en articular procesos y dispositivos de mediación, relacionales y participativos, que fomenten la creatividad y la imaginación como herramientas para la innovación y el desarrollo social, económico y/o político.
Aquí reproduzco el artículo e insisto: ¡daros de alta en infonomia! Merece la pena y es la única manera de leer los artículos completos:---------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Por Ricardo Antón

Históricamente, en períodos de bonanza, el arte ha sido una herramienta de representación icónica, símbolo de estatus, legitimación y celebración de distintos poderes. Por otra parte, en tiempos de crisis, el arte ha supuesto una importante válvula de escape y autorregulación de los sistemas hegemónicos, propiciando un espacio para la experimentación, el planteamiento de interrogantes y la apertura de nuevos caminos. Paralelamente, en todo momento, el arte o, mejor dicho, algunos artistas, han tratado de ejercer la crítica -constructiva o destructiva- desde la creación de subjetividad, la producción de sentido, la introducción de desviaciones en la lógica del sistema, etc.
De un modo u otro, esto sitúa al artista como profesional de la creatividad, que pese a reclamar su autonomía y libertad absoluta, siempre ha estado condicionado por el devenir de su tiempo, manteniendo actitudes ya sean serviles, comprometidas, antagonistas, etc. Esta diferencia ética de actitudes, fácil de juzgar con perspectiva histórica, resulta mucho más compleja de valorar cuando se hace un análisis sobre el trabajo de los artistas de un modo contemporáneo, sin detenerse tanto en su dimensión estética, sino en sus verdaderos aunque más difusos efectos sociales. Una dificultad de discernir que se acrecienta en momentos manieristas de cambio como el que vivimos actualmente.
El colapso del capitalismo En menos de una década, parece que el capitalismo triunfante se ha comenzado a colapsar, entrando en una dinámica de autodestrucción, acompañada por unas fuertes tensiones geopolíticas -de las que aún sólo estamos comenzando a sufrir los primeros efectos- y una repentina conciencia sobre la precaria sostenibilidad del planeta, que nos muestra cómo algunos de nuestros desmanes tienen difícil vuelta atrás.
Ante la posibilidad de colapso, el sistema -normalmente desde ámbitos económicos que son los que marcan las pautas de desarrollo estratégico de nuestra sociedad-, ha comenzado hace tiempo a buscar salidas: nuevas posibilidades diseñadas por consultores y analistas que, del lateral thinking de Richard Florida, a las freakonomics de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, no dejan de ser más que placebos, que posibilitan la huida hacia delante de un modelo caduco que se niega a perecer.
Estos intentos corto y medioplacistas se basan en la vigilancia de los supuestos focos de creatividad e innovación internacionales, en la acumulación de información y en la interpretación de estos datos -todo ello favorecido, acelerado y maximizado por las tecnologías de la comunicación. Los resultados de estas metodologías estandarizadas suelen ser clichés, muchas veces eficientes, pero casi siempre previsibles, carentes de algo, que quizá tiene que ver con cierta actitud y que no es fácilmente detectable ni reproducible.
Ese algo podría encontrarse en la actitud con la que muchos artistas se enfrentan a su trabajo -entre la inconsciencia y la ingenuidad revolucionaria- y podría situar al capitalismo (no entendido como una entelequia controlada por multinacionales, sino como un constructo social del que todos formamos parte y somos responsables) ante posibilidades radical y verdaderamente nuevas y/o diferentes, de las que pueda surgir lo inesperado.
Una válvula de escape: el arte Por eso, es un hecho (o quizá aún sólo una tendencia) que quienes toman decisiones estratégicas en los ámbitos económico y político cada vez miran más hacia algunos fenómenos del mundo del arte como posible válvula de escape o banco de pruebas. Y, al mismo tiempo, muchos artistas -al menos un determinado tipo de artistas cuyo trabajo se basa en lo inmaterial, lo intangible, los nuevos medios, la generación de experiencias, etc.-, cada vez están desplazando más su trabajo hacia sectores entendidos tradicionalmente como extraartísticos, como pueden ser: el marketing, la comunicación, la tecnología, la ciencia, la educación, diversas áreas de desarrollo social y otros sectores emergentes con altos componentes de creatividad aplicada e I+D+i.
Las sinergias entre ambos mundos -aun con mutuas desconfianzas-, fructifican en la investigación de nuevos modos y sistemas relacionales y organizativos, nuevos escenarios de actuación, nuevos canales de comunicación, nuevos lenguajes, nuevos materiales, etc., con resultados en muchos casos sorprendentes y diferenciales. Unos resultados de alto valor añadido, más aún si tenemos en cuenta que los productos y servicios con mayor potencial de crecimiento y de generar plusvalía son los que incorporan valores socialmente innovadores (unos valores que en general se han supuesto inherentes a la producción cultural y no a la producción industrial... Aunque esto es algo que está cambiando o equilibrándose en los últimos años, más por una pérdida en lo cultural que por un avance en lo industrial).
Así que, sí, quizá los artistas estén capacitados para contribuir a que el capitalismo se oxigene y se reinvente. Pero ¿deben hacerlo? ¿Puede este sistema evolucionar hacia un modelo no depredador y socialmente justo y sostenible? Por el contrario, ¿no sería mejor trazar caminos en paralelo que definan modelos alternativos, quizá menos globales, pero con menos lastre? O, incluso, ¿no habría que mantener una actitud de abierta confrontación, porque los márgenes de confianza están ya más que superados?
El ‘cómo' como estrategia diferencial Probablemente no hay una respuesta clara -ahí está la dificultad para discernir. Si se elige contribuir a la evolución del sistema, mi punto de vista es (de eso va esta sección): olvidarnos en gran medida del qué fruto de esta relación (a día de hoy el qué está totalmente banalizado... Desde posiciones muy diversas se proponen proyectos parecidos, legitimados por discursos similares) y del cuánto (la gran trampa del sistema en general y de un sector altamente precarizado como es el artístico... No seré yo quien tire la primera piedra), para centrarnos en dos cuestiones mucho más domésticas en base a las que seguir trabajando, como son: con quién y sobre todo -porque no siempre es posible elegir compañeros de viaje-, el cómo.
Sobre el cómo, no hay recetas y no voy a caer en la tentación de intentar darlas. Lo que sí puedo hacer es compartir con vosotros/as algunos de nuestros proyectos y otras referencias más o menos cercanas, que desde la heterogénea práctica artística contemporánea o tangencialmente a ella, si habéis leído hasta aquí, quizá puedan interesaros: